Bendigo el día que te conocí.
Era tuyo sin saberlo ni quererlo mi latir.
Latió el día, en mi noche, por fin.
Era hora de soñar; fuimos a dormir.
Noche sin día, que sería de ti.
Te escribo a solas como siempre me sentí.
Espero despierto, que vuelvas a por mí.
Quiero ver las amapolas que me dijeron que sí.
Una oda a la eternidad más efímera.
Impositora griega de mi razón de existir.
En tu mano humildad, fuego y vida.
Roma como partida y mil caminos que elegír.
Otra realidad prohibida, otra oportunidad de ser feliz.